Los aprendizajes de un hombre que recorrió a pie desde Miami hasta Canadá

Meredith Eberhart, autonombrado Nimblewill Nomad, nació en el pequeño pueblo de Ozarks, en EE.UU., de tan sólo 336 habitantes. Su infancia la pasó corriendo cabalgando pescando y cazando codornices en las cercanías de los bosques. Su padre fue el médico del pueblo y él siguió sus pasos: estudió en una escuela de optometría. Se casó y tuvo dos hijos. Con su familia vivió en Titusville, en Florida, conocida también como “Ciudad del Espacio”, en donde se desempeñó como médico en un nicho de mercado de científicos provenientes de la NASA. Su vida pasó sin muchas sorpresas ni eventos extraordinarios, provocando en él tanto el sentimiento de comodidad y goce al ayudar a otros como el de ser capaz de proveer a su familia. Sin embargo, algo no se sentía correcto, pleno.

Cuando se retiró en 1993, empezó a tener cinco años borrosos de peleas con su esposa por lo que comenzó a pasar más tiempo a solas en un terreno a lado del arroyo Nimblewill, en Georgia. Su nueva casa, cerca de las faldas de la montaña Springer, se convirtió en una guarida que visitaba después de largas horas de caminatas. Empezó sistemáticamente caminando pequeñas secciones del tren Appalachian, hasta alcanzar el estado de Pennsylvania. Después, en 1998, cuando tenía 60 años, decidió empezar su primera “odisea”: una caminata de 7 081 km desde Florida hasta Cap Gaspé en Québec, Canadá, a lo largo de senderos, vida salvaje y carreteras.

Podría decirse que ahí empezó su verdadero viaje y de ahí, los verdaderos aprendizajes de la vida: Eberhart, cuyo abuelo y padre fallecieron en el bosque, aprendió a liberarse del miedo a la muerte. Se le diagnosticó con una enfermedad cardiovascular poco antes de emprender los cada vez más lejanos viajes; y en vez de seguir con las recomendaciones de los doctores de tener una vida en la tranquilidad de un hogar, él comenzó su camino hacia Canadá mediante los pantanos de Florida, caminando hacia el norte por los senderos inundados en donde las aguas oscuras y reptilianas a veces le llegaban hasta los tobillos. Se desprendió de los miedos, de sus uñas de los pies y poco a poco de sus pertenencias.

Eberhart explica que durante los nueve meses que pasó caminando, “experimentó un despertar religioso” pese a que su fe se desvaneció momentáneamente al pasar por las frías y nubosas montañas. Se preguntaba “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, mientras era testigo de cómo era cada vez más oscuro y gélido en Mont Jacques Cartier. Sin embargo, una lluvia le permitió alcanzar la cima de una montaña con nieve, en donde se sentó y gozó de la “cálida presencia del Dios que todo lo perdona”.

Fue cuando regresó a Florida, en un estado mental de trascendencia, en un “estado de ánimo de total, absoluta y perfecta felicidad, casi cercana al nirvana.” Dejó de bañarse y cortarse el cabello; se desprendió de sus posesiones, y en cuestión de tres días quemó casi todos los libros que recolectó en toda su vida, uno por uno, en un depósito en su jardín; se divorció y cedió su hogar y sus bienes económicos a su exesposa e hijos. Comenzó a vivir tan sólo de los cheques de la seguridad social, y en el caso de que se acabara antes de fin de mes, decidía pasar hambre. Fue ahí en donde encontró la verdadera libertad para él mismo: “Es como si cada paso que diera, el peso fuera lenta pero exitosamente yéndose de mi cuerpo, por ahí, en el camino, debajo de mis pies y las huellas que dejaba detrás de mí.”

Por esa razón, “cada año, tengo menos y menos posesiones y cada año, soy un hombre más feliz. Sólo me pregunto cómo será cuando no tenga nada. Esa es la manera que venimos y la manera en que nos vamos. Sólo me estoy preparando un poco, creo.”  Él, en sus largas travesías, no posee un cepillo de dientes –sino un palillo de madera– ni una muda de calcetines, zapatos o ropa ni libros o un diario ni papel de baño; en su lugar, sólo lo acompaña un mini kit de medicamentos básicos. Para él, “cada objeto que una persona carga representa un miedo particular: de daño físico, de incomodidad, de aburrimiento, de ataque. El ‘último vestigio’ de miedo que incluso los caminadores más minimalistas encuentran difícil de enfrentar es la hambruna. Como resultado, muchas personas terminan “cargando muchísima comida”. Cargo a lo mucho una barra dulce en caso de emergencia.” Mientras más se desprende de las necesidades materiales, él pierde el miedo a la muerte y gana un amor inconcebible a la vida.

 

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