La esquiadora que no sabía esquiar y que llegó a los Juegos Olímpicos hackeando al sistema

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Elizabeth Swaney no es exactamente una atleta de élite. No hace falta ser un sagaz observador para comprobarlo: ayer, durante la final de halfpipe sobre esquís, prueba olímpica donde algunos de los mejores esquiadores del mundo realizan acrobacias de otro planeta, Swaney se dedicó a subir y bajar cada loma de la pista. Un amateur en un mundo de profesionales.

Swaney no cuadró figura, acrobacia o movimiento alguno, pero llegó en pie, sin haber besado la lona, tras cinco mediocres giros. Evidentemente quedó última. Y manifestó su decepción al respecto, por increíble que pueda parecer. Pero para entonces había logrado algo que sí tiene cierto valor: había hackeado al sistema desde dentro y había logrado participar en unos Juegos Olímpicos sin tener ningún tipo de capacidad para ello.

Ahora bien, ¿cómo?

El truco de Swaney fue simple. Primero, no compitió por su país natal, Estados Unidos, sino por Hungría, de ascendencia materna. Swaney ya había tanteado otros países (!) y otras discilipnas (!!): llegó a representar a Venezuela en pruebas de skeleton, una disciplina con trineo en la que otro héroe internacional, Akwasi Frimpong, logró el hito de ser el primer ghanés, un país sin hielo, en participar en una prueba que transcurre íntegramente sobre el hielo.

Su aventura sobre skeleton no llegó demasiado lejos, así que Swaney cambió de objetivos y de equipo. El halfpipe parece una prueba razonable para trampear el sistema de clasificación de los Juegos Olímpicos: funciona por puntuación, no por tiempos, y sin tomar riesgos no es físicamente exigente. Además, contaba con una ventaja: apenas había esquiadores húngaros dedicados a él, y el democrático sistema de cuotas olímpicas le aseguraba una buena oportunidad para colarse en Pyeongchang.

Manual para colarse en unos JJOO

Los ingredientes eran perfectos: un país sin apenas licencias federativas o deportistas profesionales, un Comité Olímpico que prioriza la diversidad nacional sobre la calidad individual, y un deporte en el que llegar al final de la pista sin caerse aseguraba, como mínimo, un último puesto. Ahora sólo faltaba la estrategia: clasificarse.

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Swaney midió con inteligencia sus pasos. Primero inició una campaña de donaciones en Internet para sufragar los costosos viajes que le llevarían por las diversas pruebas registradas en la Copa del Mundo de la especialidad (la Federación Húngara en la materia, por inexistente, no iba a hacerlo). Y después echó cuentas: si para puntuar necesitaba terminar entre las 30 primeras de cada prueba, necesitaba encontrar pruebas donde compitieran menos de 30 atletas.

Así, mientras la flor y nata de la élite acrobática se encontraba en el US Grand Prix, una prueba prestigiosa y muy competida, Swaney acumulaba puntos, cual hormiguita, en la menos cotizada Secret Garden de China. Durante los dos últimos años, la esquiadora que no sabía esquiar se dedicó a presentarse con una encomiable consistencia en multitud de pruebas pequeñas o poco frecuentadas por las atletas de élite. Y logró su pase a Pyeongchang.

Su carencia sobre las tablas tampoco es ningún secreto: Swaney, de 33 años, aprendió a esquiar a los 24. De ahí que no pudiera cuadrar una triste voltereta en ninguna de las pruebas de clasificación. Swaney se limitaba a no caerse, lo que en un deporte basado en la puntuación de los jueces tiene una marginal recompensa. Útil cuando, como sucedía de tanto en cuanto, alguna compañera profesional se caía y quedaba detrás de ella por accidente.

Poco a poco, pasito a pasito, Swaney se plantó en Corea del Sur y su historia alucinó a medio mundo. ¿Por qué? Quizá por una mera cuestión de superación personal, quizá como una forma de enseñar al mundo cómo de sencillo es colarse en los Juegos Olímpicos sin ser un deportista de élite (ahora bien: se requiere de mucho dinero). Lo cierto es que su caso ha provocado un largo y acalorado debate en las redes: ¿héroe o pilla?

Si debemos fiarnos de la respuesta de la campeona olímpica de la modalidad, Cassie Sharpe, héroe: "Si vas a dedicar tanto tiempo y dedicación para estar aquí, entonces lo mereces tanto como yo". Lo cierto es que el de Swaney es el triunfo total de la gente corriente. Una humana en un mundo de marcianos que empleó la mera lógica para colarse entre ellos.

No es la única, por cierto. En 1988 un anónimo británico, Eddie "The Eagle" Edwards, logró llegar a los Juegos Olímpicos de Invierno en la prueba de salto de esquí. Su táctica fue similar: escogió una prueba donde apenas tenía competencia interna (en Reino Unido nadie lo practica) y se coló milagrosamente en las pruebas olímpicas. Fracasó estrepitosamente, ¿pero acaso que no fue en realidad un enorme triunfo?


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La esquiadora que no sabía esquiar y que llegó a los Juegos Olímpicos hackeando al sistema

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Mohorte

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